VENENITO

29 jun. 2010

NOCTURNA CIEGA

Pensar en Dios, querer desentrañarlo;

abrir el aire y percibir el pulso
del invisible arropo de su fuerza;
buscarlo con los ojos de la duda,
asirlo de la cuenca del vacìo
y reducir su inmensidad creciente
a una presencia de unidad palpable.

Gozar de fe, con mìstico arrebato,
para seguir con la ansiedad creyente
los rasgos gigantescos de su rostro
hasta perdernos en alturas hondas;
despuès, rondar por la variedad del abismo
con el hueco preciso de un volumen
que al estrecharlo se deshiela en humo.


Pensar en dios, querer estructurarlo
agrupando diversas fantasìas
que, al ensamblar sus nìtidos constrastes
estallan en escombros que se pierden en caìda mortal hacia las nubes, para dejarnos truncos
convencidos de que se vuelve mucho màs inmenso
cuanto con màs vigor lo imaginamos


Adivinarlo a oscuras, dilatados en la terca evasiòn
que nos ensancha,
y a la vez oprimidos por el cerco
del molde corporal que nos contiene:
fogata que agiganta su tamaño
con el humo viajero que despide...


Pensar en Dios, pensar y confundirlo
con el sol, con la luna y las estrellas,
con los milagros fìsicos del agua,
con el tacto flotante de la brisa,
con el astro terreno de la rosa,
con la entraña vital de la semilla
y con la atmòsfera que nos rodea;
porque todos los seres y las cosas
dununcian, a travès de su estructura,
el secreto interior que los genera,
el nervio de recòndita energìa
que les impone forma, vientre, pulso y
los hace ocupar dentro del orbe
el sitio exacto donde desenvuelven
amor, fecundidad, acciòn y muerte.
(Y nosotros - razòn desorbitada
y a los cinco sentidos constreñida -
confundimos a Dios, con lo que engendra
la sola emanaciòn de su misterio.)

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